miércoles, 1 de agosto de 2018

MI SUEGRO

ANTONIO ANCIOLA SUÁREZ.


Se crio en San Pedro de Paredes, en el Concejo de Valdés (Asturias)  y desde joven ayudó a su padre en la administración de la propiedad de La Torre. A los dieciocho años emigró a Cuba entrando a trabajar en una peletería que había en La Habana en la llamada "manzana de Gómez". La peletería se llamaba " La Libertad" y su dueño era un oriundo de Gera, Tineo, que había tenido amistad con el padre de Antonio. Como al cabo de dos años se le presentó una fuerte dolencia en la espalda que le obligó a ingresar en el Sanatorio del Centro Asturiano de la Habana en el que como remedio le prescribieron reposo absoluto en cama dura durante por lo menos seis meses. Ante esa perspectiva prefirió regresr a España y recuperarse en casa donde sería observado por su tío Manuel Anciola. Una vez dado de alta fue llamado a filas al Ejército siendo destinado a Melilla, en donde coincidió con Eduardo Ochoa Echevarrieta, casado con María Dolores Anciola Asenjo, hija de su tío Manuel Anciola y que era capitan del Ejército. Antonio llevó a Melilla un certificado expedido por el Dr. Landeira, de Luarca en el que se decía que aun cuando se encontraba curado no era conveniente que realizara trabajos o ejercicios fuertes. Gracias al certificado y a la influencia del Capitan Ochoa fue empleado por el General Castro Girona, Jefe militar de la zona, en su propia oficina. Cuando fue licenciado el General le dió una carta en la que reconocía el buen trabajo realizado. Cuando regresó a Paredes se estaba construyendo la carretera Paredes-Luarca y entró a trabajar en la obra como "listero" es decir controlador del trabajo de los obreros y confeccionador de los partes que servían para hacer la nómina de los mismos. Trabajando en esa obra recibió una carta de su cuñado Daniel González, marido de su hermana Amelia, que poseía una "bodega" en La Habana en la que le proponía ir a Cuba a hacerse cargo del puesto de encargado de la "bodega" que acababa de quedar vacante. Viaja a Cuba por segunda vez y se emplea en la "bodega" de Daniel y Amelia situada en el Vedado, en 23 y 8. Trabajando en la bodega conoce a la que sería más tarde su esposa, Teresa Clark Alvarez, Terina, que vivía en las cercanías de la tienda. La crisis financiera que comenzó en 1929 golpeó durísimamente a Cuba. Daniel González llegó a verse obligado a vender la "bodega". Lo que había comprado por 14.500 $ solo valió 400 en el momento de su venta. El paró alcanzó al 70 por ciento de la población en edad de trabajar Por lo que Antonio decidió regresar a España a donde llega en 1932. El 12 de diciembre de ese mismo año, cuando ya él se encontraba en Paredes, contrajo matrimonio por poder con María Teresa - "Terina"- Clark Alvarez. Terina viajó a España y el 11 de enero de 1933 contrajeron matrimonio canónico en la Parroquia de San Pedro de Paredes. El se había empleado en Electra del Esva, S.A. y el matrimonio se instaló en la calle Olavarrieta de Luarca. Desarrolló toda su vida laboral en la citada Empresa de la que llegó a ser nombrado Gerente en 1960. Fue persona de grandísima confianza de la familia Trelles, banqueros en Luarca, lo que le proporcionó mucho trabajo incrementando sus relaciones personales. En 1963, coincidiendo con la transformación de Electra del Esva, S.A., que pasó de ser una empresa familiar a depender de una gran empresa de ámbito nacional, sufrió un grave depresión, quizás abrumado por las nuevas responsabilidades que contraía y contrariado también por el nombramiento de un ingeniero que se convirtió en Director General. Todo ello contribuyó sin duda a que contrajera una gravísima enfermedad que fue diagnosticada como esclerosis lateral amiotrófica. El matrimonio Anciola se trasladó a vivir a la casa de La Torre, en San Pedro de Paredes, donde encontrarían el fin de sus vidas.
Antonio fue una persona que se hizo querer y respetar por cuantos le conocieron. Austero, honrado, trabajador, servicial para todo el mundo, tenía siempre una palabra amable para cuantos se acercaban a él. Aunque la enfermedad hizo estragos en su capacidad física su fuerza moral le hizo luchar contra ella aunque finalmente, al cabo de más de veinticinco años de lucha resultara vencido.

Esta es la casa en el Valle del río Esva en San Pedro de Paredes donde nació Antonio Anciola Suárez y donde vivió los largos años de su enfermedad. Fue construida por su abuelo José Anciola García de Paredes en 1904.

MI PADRE




De familia muy humilde fue el menor de siete hermanos. Cinco varones y dos mujeres. De todos ellos tan solo Rosario permaneció en Daimiel. Los otros emigraron a Madrid en cuanto tuvieron edad de trabajar pues así aliviaban la economía familiar al tiempo que se procuraban un mejor porvenir que el que hubieran probablemente conseguido en Daimiel. Ninguno de los hermanos cursó estudios superiores a los de la Escuela Primaria.
Jacinto, padre de Francisco tenía una taberna. No hay noticia de que cultivara tierras ni que trabajara en el campo, circunstancia llamativa, teniendo en cuenta que vivía en un lugar de raigambre agrícola. Jacinto murió en 1907 cuando Francisco tenía nueve años. Su muerte acrecentó la penuria económica de la familia.
En 1911, Francisco con trece años emigró a Madrid con la intención de que sus hermanos le ayudaran y le buscaran trabajo. Todos los hermanos mayores que vivían en Madrid eran dependientes en tiendas de tejidos y géneros de punto y este era el porvenir inmediato de Francisco. Enseguida encontró empleo y trabajó sucesivamente en establecimientos de la calle Atocha "Santos Barrios Escorial" y más tarde en la de Serrano, "El Carrete". En aquellos primeros empleos era chico para todo a cambio del aprendizaje, un paupérrimo sueldo, el sustento, la cama y una tarde de domingo libre cada quince días.
Cuando alcanzó la edad del servicio militar, sus ahorros y la ayuda de sus hermanos Saturnino y José hicieron posible que eludiera aquél mediante el pago de la llamada "cuota", es decir, el pago en efectivo de una cantidad que liberaba al interesado de hacer la "mili". Pero el conflicto de Annual, en Marruecos, anuló tal privilegio y fue llamado a filas. Fue incorporado al Regimiento de Saboya, en Madrid, llegando a hacer guardia en Palacio. En 1922 superado su periodo de instrucción, se incorporaba al Ejército de Africa formando parte de la guarnición de Melilla donde, precisamente su hermano Tomás, años atrás había estado destinado como suboficial. Francisco regresó a Madrid enfermo de paludismo.
Durante algunos años vivió en casa de su hermano Saturnino en la calle de Eloy Gonzalo . Con buen criterio eludió trabajar en el establecimiento que compartían sus hermanos Saturnino y José. Su último trabajo por cuenta ajena consistió en ser corredor de plaza en Sucesores de Hijos de José Martín Magro, S.A., una firma de venta al por mayor de artículos de mercería y de géneros de punto, cuyo establecimiento estaba situado en la calle de la Colegiata con vuelta a la de Duque de Rivas.
Conoció más tarde a Teresa Cuesta García, con la que contrajo matrimonio el 15 de abril de 1928. El nuevo matrimonió alquiló un piso en la calle de Orense en el que nació el 26 de marzo de 1929 su primer hijo, una niña, a la que se bautizó con el nombre de Concepción. Siguió trabajando como corredor de plaza hasta que en 1931 consiguió establecerse por su cuenta abriendo un modesto negocio de mercería con el título de "La Revoltosa" en la calle de Palencia nº 25. La familia se mudó al alquilar un piso encima de la tienda. En ese piso nació el 19 de marzo de 1933, su segundo hijo, un varón, Francisco José.
En 1935 Francisco y Teresa deciden independizarse definitivamente y lo hacen arrendando un nuevo local comercial, una tienda, en el número 25 (entonces 21) de la calle de Francos Rodriguez. La nueva tienda tiene como único título el de "Muñoz" "Mercería y Novedades". La familia utilizó la vivienda de que disponía la tienda hasta el 15 de junio de 1936 en que toma en alquiler el piso 4º letra A de la finca número 36 de la misma calle de Francos Rodriguez. En esta misma vivienda moriría Francisco 51 años más tarde.
En la vivienda de la tienda permaneció toda la familia durante la guerra civil pues el piso hubo de ser abandonado ante el peligro al que estaba expuesto. A él regresaron una vez terminada la contienda.
La tienda, que fue el medio de vida de la familia Muñoz de Morales Cuesta, fue objeto de tres importantes reformas.
El 1º de abril de 1970 Francisco firmó el contrato de traspaso, quedando en la situación de jubilado. Contaba 72 años de edad.
Francisco no tuvo otra formación que la de la escuela primaria hasta los doce años. Fue muy aficionado a la lectura y al teatro. Su familia y el trabajo fueron sus únicas pasiones. Fuera de ellas no tuvo distracción alguna. Era una persona seria, retraído aunque sin ser introvertido, austero, sin frivolidades en gestos o en las palabras, conservador con tendencia al pesimismo. Trabajador hasta el agotamiento, tenaz, con un altísimo sentido del deber y honrado a carta cabal.
Murió tan pobre como había nacido. Fue un hombre de bien con un balance de su paso por la vida extraordinariamente positivo.
Sus hijos se sienten agradecidos por haber recibido su ejemplo de laboriosidad, dado con el esfuerzo cotidiano en el cumplimiento del deber, el ejemplo de su honradez y el de su honestidad y rectitud. (Mudemo 03.98)

Esta es la casa de la calle de Francos Rodriguez número 36, en cuyo cuarto piso vivió la familia Muñoz de Morales Cuesta hasta que en 1989 la casa fue derribada para evitar el estrangulamiento que provocaba a la circulación en la calle a la que hacía esquina. La tienda estaba a la altura del coche que discurre por la derecha y tenía el número 25 de la misma calle.
Y este era el aspecto que en 1991 ofrecía en la calle de Palencia esquina a la de Don Quijote la tienda de mercería con el título de "La revoltosa" y que fue el inicio de la carrera comercial del matrimonio. En la vivienda situada en el primer piso y delimitada por los tres huecos que se advierten en la fotografía  nací yo, el hijo varón, el 19 de marzo de 1933.





lunes, 30 de julio de 2018

TRENES (1)

El día de Reyes del año 1940, me marcó. Mis padres quisieron que la festividad y su significado se hiciera presente entre nosotros de la forma más realista posible. Y para ello no se les ocurrió otra idea que colgar del balcón de la casa, en un cuarto piso nada menos, un paquetón que contenía los juguetes. Entre ellos un tren, locomotora con cuerda manual, un par de vagones y vías que se unían unas con otras formando un modesto circulo por donde la composición corría hasta que se acababa la cuerda de la locomotora.   Aquello encendió mi imaginación y me convirtió en un apasionado por los trenes. Pasión que me ha durado toda la vida. Aun hoy, en el ambiente soso y desangelado de un tren AVE, no dudo en situarme en la ventanilla, y permanezco atento a cualquiera de las señales, semáforos e incidencias que puedan darse  durante todo su recorrido. Y cuando cualquier detalle que observo trato de comunicarlo al compañero o compañera de viaje, me fastidia la indiferencia con la que acogen mi noticia.
Hice mi primer viaje cuando tenia 7 años. Mis padres estaban deseando olvidar  todo lo que habían pasado durante la guerra y decidieron hacer algo extraordinario. Y no fue otra cosa que viajar toda la familia, ellos y sus dos hijos, a Zaragoza donde además del esparcimiento darían gracias a la Virgen del Pilar por haber terminado con bien la pesadilla de la guerra. Y el 12 de octubre de 1940 fue la ocasión que se les presentó y que decidieron aprovechar. La festividad de la Hispanidad y de la Virgen del Pilar cayó en sábado, y eso facilitó que aquél fin de semana, con dos días seguidos de vacaciones de la tienda mis padres decidieran el viaje.
Quedé como fascinado al entrar en la estación madrileña de Atocha que entonces llamábamos del Mediodía. Todavía no existía la Renfe y nosotros íbamos a viajar en trenes MZA, o sea de la línea Madrid, Zaragoza y Alicante.
La algarabía, las gentes que iban y venían, las carretillas eléctricas con equipajes o paquetería que llevaban a los trenes o que acababan de descargar de ellos, unos recién llegados y otros preparados para partir...y el ruido que todo lo llenaba, las voces y mensajes a gritos, y el humo que inundaba la estación contribuyendo al olor típico que todavía hoy, setenta y ocho años más tarde, creo percibir.
Recuperado de la primera impresión, empecé a fijarme en algún detalle. En el frente de la pared que cerrada el recinto un enorme reloj y a su lado un anuncio del Jabón Heno de Pravia. Y enseguida una locomotora, un monstruo metálico que todavía dejaba salir vapor como si fuera el jadeo del esfuerzo que acababa de hacer para entrar en la estación.  Y el héroe, el maquinista que se atrevía a domeñar a aquel artilugio, allí estaba, asomado en su reducto orgulloso de su condición y de que mucha gente, como yo, le admirásemos. Muy moreno, quizás tiznado de negro por el humo. Llevaba puesta una gorra con visera. Camisa azul muy oscura con mangas arremangadas y pañuelo al cuello también azul marino.  Sonreía y se le veían los dientes que blancos, destacaban de su persona morena y vestida de obscuro. Y otro personaje, parecido al primero, se movía por las afueras de la máquina, limpiando con un trapo algún tubo. "Ese es el fogonero, me dijo mi padre. Es el compañero del maquinista y el que se ocupa de que el fuego de la locomotora esté siempre alimentado y no se apague."
Ya lo comprenderás más adelante. Ahora vamos a nuestro vagón."
Iba a comenzar mi primer viaje.

miércoles, 13 de junio de 2018

LA TIENDA ( 8 )


En 1942 tengo 9 años. A los diez años se hacía el ingreso en el Bachillerato. Es pues ahora cuando toca decidir el futuro...el Bachillerato u otro camino. Mi hermana ya llevaba tres años estudiando el Bachillerato en el Colegio de las Salesianas de la calle Villaamil. El Colegio las preparaba aun cuando los exámenes finales tuvieran que hacerlo en el Instituto oficial correspondiente. Pero para chicos no había cerca de casa ningún centro que preparase a semejanza de aquel. Los chicos que conocíamos estudiaban en el Instituto Cardenal Cisneros detrás de la Universidad de la calle de San Bernardo. Y a mis padres no les gustaba pues juzgaban que era muy niño para apuntarme a un Centro con la enseñanza poco individualizada y con escaso control.
Ya entonces mi padre había puesto en mí sus ojos y pensaba que yo podría ser un sucesor suyo en la gestión de la tienda, Siempre que podía me enseñaba cuanto se refería al interior del negocio. Me enseñó a repasar las facturas de los proveedores, a marcar los artículos con el precio de venta señalando en clave el de coste usando para ello la clave que proporcionaba la palabra "hubiéramos" en la que cada letra se corresponde en su mismo orden con los números del 1 al 0. También llevar el libro donde anotaba las ventas del día, los pagos, los gastos..etc,.. Y a cuadrar la "Caja" diaria, Es decir a que el dinero efectivo anterior, más el procedente de la venta del día, menos los pagos en efectivo por cualquier causa, habría de coincidir necesariamente con la existencia final. Yo en mi fuero interno me enorgullecía de entrar en aquel cúmulo de actividades que yo consideraba secretas y dignas de la máxima confianza y gustosamente participaba en esas tareas.
No sé como mi padre se enteró de la existencia de la carrera de Comercio. Ingreso, con doce años cumplidos, luego dos años de Preparatorio. Tres años para ser Perito Mercantil y dos más y un examen final para conseguir, a los 20 años el Título de Profesor Mercantil, título que entonces tenía cierto prestigio y que habilitaba  para concurrir a las oposiciones a muchos empleos de la máxima categoría de la Administración Pública.
Así que el que yo llegara a obtener el título De Profesor Mercantil con el bagaje que me iba a proporcionar el  conocimiento práctico de la gestión del negocio, daría el perfil más completo posible para el crecimiento del negocio con un horizonte que a el le pareció entonces sumamente emocionante.
Y se tomó la decisión. Nada de Bachillerato. Comercio.  Y como el ingreso en Comercio habría de hacerse con doce años cumplidos era necesario buscar un Colegio para que durante el tiempo que faltaba para ese evento me ocupara y me preparara  para llegar a él de la mejor forma posible.
No sé la causa de desestimar al Colegio de los Salesianos, tan cerca de casa yal que acudíamos todos los domingos y yo participaba mucho en sus actividades fuera del horario escolar, El caso es que los Salesianos quedaron excluídos..

lunes, 22 de octubre de 2012

LA TIENDA (7)

Con la paz empieza una vida nueva. Sobre todo para mí, que tengo recién cumplidos seis años y ya empiezo a ser protagonista y sujeto de lo que voy viendo y aprendiendo. Todavía quedarían unos meses hasta el primer "cole". En septiembre de 1939, en las Salesianas, un aula para niños todos en edades comprendidas entre los seis y los diez años. Una monja salesiana era la maestra. Sor Nieves. Todavía permanece en mi memoria su imagen dulce y sonriente. Y un recuerdo impresionante. La narración que hizo un día otro chaval, Juanito Vindel,  de como un tranvía había atropellado y destrozado bajo sus ruedas a un niño enfrente de la Colonia Bellas Vistas, donde él vivía. Y es que la vida empezaba a normalizarse. Había sido eliminado aquel parapeto que a la altura del número 19, la tienda de ultramarinos de Diego, cortaba perpendicularmente a la calle. En la Pescadería de Paco el pescadero, aparecían peces y mi madre, cuando pasábamos por delante me los enseñaba y me decía cual era la especie de cada cual. estas son sardinas, esa es una merluza, aquellos son gallos ¿gallos? sí así se llaman y aunque se parecen a estos otros no son iguales. estos son lenguados. El negocio de la tienda empezaba poco a poco a normalizarse. Muy poco a poco, porque no había todavía géneros-o artículos- que vender. Pero mi padre estaba bien relacionado con los almacenes mayoristas y no tardaría mucho en ir rellenando las estanterías. Y la gran novedad fue el traslado  al piso una vez recuperada la legítima posesión. Hubo que rehacer, limpiar y pintar pero finalmente quedó listo y allí se instaló de nuevo toda la familia. Los domingos ibamos a Misa. Primero a los Salesianos que enseguida rehicieron la Iglesia que había servido de centro de reclutamiento y de almacén. La Parroquia había quedado seriamente dañada y tardaría más tiempo  en quedar habilitada para su función. Los domingos y festivos salíamos de paseo. recuerdo una visita al Cuartel de la Montaña y a la Moncloa, a la calle Ferraz, ametrallada toda ella, al Paseo de Rosales y-cómo no- a la Telefónica y a ver a la Cibeles que enseguida quedó al descubierto después de que se la quitaran de encima unos sacos terreros que la protegieron durante la contienda. A mí todo lo que veía me deslumbraba. Además mi padre era un excelente guía que disfrutaba dándome cuenta y razón de cuanto veíamos.
Sin embargo algo turbaba la paz. Y era el comienzo de la guerra en Europa. Hitler contra todos. Y todas las personas con las que se reunían o encontraban mis padres eran conscientes de la ayuda recibida de Alemania para que vencieran los "nuestros" en la guerra, por eso ahora todos eramos "fans" de los alemanes. Recuerdo de una casa que frecuentábamos donde había una especie de altar con las fotografías de Franco, José Antonio, Hitler y el Papa Pío XII.
Las primeras fiestas de Navidad y Año Nuevo transcurrieron también de forma diferente. Nos reunimos con la familia Rodrigo en la tienda de ultramarinos que tenían y allí con el gramófono y los cuatro discos que se tenían se pasaron las veladas con gran alegría. Y el día de Reyes, como garantía de que cuanto nos habían contado era verdad apareció un gran paquete colgado de un balcón que contenía los juguetes que en aquél momento habían podido adquirir mis padres con la ilusión que se puede suponer

martes, 28 de agosto de 2012

LA TIENDA. 6

Cuando comenzó la guerra civil yo tenía tres años y otros tres transcurrirían en aquel reducido, incómodo e insaluble espacio de la tienda. Por supuesto sin guardería ni escuela. Pero todo eso se suplió con la inestimable presencia de mis padres que estuvieron de forma permanente junto a sus hijos, mi hermana y yo.  Vivíamos, como ya dije, en un lugar muy cercano al frente. Pero la vida continuaba en el centro de Madrid, con las limitaciones propias de una ciudad casi cercada y por el ambiente enrarecido lleno de miedos y temores. El "metro" funcionaba y eso permitía que alguna vez la familia se aventurase a llegar al centro de Madrid e incluso entrar en el cine. "Vuelan mis canciones", "El negro que tenía el alma blanca" son dos películas a las que tengo oído que fuimos a ver. Y a cenar o comer a algún restaurante donde mi hermana y yo guardábamos en alguna servilleta previamente preparada algún  filete o croquetas o fruta que disimulando llevábamos a casa para completar el menú doméstico.
Como mi padre tenía poco trabajo en la tienda  se "inventó" una ocupación y fue que todos los días en algún momento jugaba(?) conmigo al Colegio. Él era el maestro y yo llegaba al Colegio, hacía como que llamaba a una imaginaria puerta, la abría y entraba . Así me enseñó a leer , a escribir y las operaciones elementales de sumar restar multiplicar y dividir.  A comienzos del 39 mis padres hicieron amistad con un matrimonio de maestros que vivían enfrente de la tienda y que se ofrecieron para que mi hermana y yo acudiéramos todos los días a su casa y allí, junto con dos de sus hijos de edades parecidas aprendíamos algo más que leer y escribir eso sí sin libros porque los que estaban a nuestra disposición en aquel momento no merecían la confianza de los progenitores.
Así se llegó al 28 de marzo de 1939. ¡¡ La guerra había terminado!! Por mucho que representase este hecho de terminar con un conflicto tan terrible como es una guerra civil, para mis padres fue  de una gran emoción. Habían resistido tenázmente en unas condiciones que nunca habían imaginado. Después de los esfuerzos y sacrificios que les permitió casarse, establecerse por su cuenta, desarrollar un negocio, trasladarlo a otro barrio más prometedor, tener que abandonar su casa y refugiarse en un espacio poco mayor que la trastienda y resistir allí aquellos tres años con dos niños de siete y tres años, desoyendo a quienes les aconsejaban abandonar y trasladarse al centro de Madrid y empezar de nuevo, ¡Qué alegría debieron de tener! Al fin podrían vivir su propio proyecto y gracias a Dios la familia estaba sana y entera. Mi padre y yo estábamos muy identificados. El me había abierto al mundo. Yo leía y escribía gracias a su esfuerzo...Y no solamente eso sino que aprovechaba todas las ocasiones para ilustrarme. Mi madre ejercía otra especie de tutela:   Nos hablaba de Dios y de la Virgen, de Jesús y, desde octubre del 35, en que se empezó a perder el miedo, se seguía la Misa por la radio retransmitida desde la llamada zona nacional. Y también nos educada en modales limpieza personal y las elementales normas de convivencia de las que hasta entonces no habíamos tenido oportunidad de aplicar.

sábado, 18 de agosto de 2012

1938 UN AÑO INTERMINABLE

No puede decirse que la vida transcurriera para la familia en aquellos años de 1937 y 1938 de forma rutinaria. Cada día aparecía una nueva amenaza. En una ocasión mi padre es detenido y conducido a la comisaria. Parece que la clientela , algunas clientas, ante la escasez de los artículos que consumían habitualmente le habían denunciado aduciendo que lo acaparaba todo lo que podía para vendérselo a los amigos. En la comisaria se le abrió un expediente porque se le encontraron unas tijeras en uno de los bolsillos del guardapolvo que usaba. La detención llevaba consigo el registro de la tienda y la vivienda para comprobar si había genero guardado del que se negaba a la clientela y, ya de paso, si había armas u objetos que pudieran parecer tales como lo fueron las tijeras del guardapolvo. El registro lo atendió mi madre supongo que acompañada en las idas y venidas por la tienda, la trastienda, la vivienda, los escaparates, la cueva....por sus dos hijos que entonces teníamos nueve y cinco años.  En un momento dado, según la versión que tantas veces nos contaría, uno de los registradores puso la mano en una vitrina y preguntó :"aquí, ¿qué hay?" " Nada, cajas vacías y polvo..." contestó mi madre. "Está bien", "puede cerrar" . Y mi madre tuvo que tragarse el suspiro de alivio, pues precisamente allí, debajo de una de aquellas cajas estaban los billetes cuyas series les habían anunciado que serían válidos al terminar la guerra. Aquel mismo día, por la tarde, mi padre regresó a casa sin cargos y en libertad.
Un problema fue durante casi toda la contienda el de la alimentación. Las tiendas de "ultramarinos" estaban prácticamente vacías y únicamente se encontraba en ellas los suministros que el gobierno facilitaba para su distribución: lentejas, bacalao, sardinas arenques, boniatos, harina de almortas, y poco más. Mi madre, valiente y decidida hizo dos o tres salidas hacia Fuencarral y Alcobendas y volvía a casa con algo de aceite, huevos y patatas. Pero eran tan peligrosas esas escapadas que hubo que renunciar a ellas. Sin embargo los hoteles del centro de Madrid, debían de estar mejor abastecidos porque en alguna ocasión toda la familia salió a comer y la consigna era comer allí pero también aprovechar la ocasión para traerse para casa algún filete o fruta. No fueron muchas las salidas de este tipo por el riesgo que había de ser detenidos e interrogados en plena calle.
Las interrupciones del sueño para abrir la puerta para que los vecinos con nosotros a la cabeza bajáramos a la cueva y de allí al refugio, se hicieron muy habituales. El frente se había estabilizado y estaba muy cercano Así que no era extraño que por la noche se oyeran el tableteo de las ametralladoras y morteros así como la explosión cercana de los proyectiles de las piezas de artillería. Algunos días aparecían aviones que además de bombas arrojaban papeles con propaganda o consignas y hasta caramelos, que no se podían coger en la calle porque según la propaganda oficial estaban envenenados. Un bomba destrozó un balcón de la casa enfrente de la tienda si bien no produjo daños a las personas.